martes, 16 de agosto de 2016

Plaza Monastiraki




En una esquina de la calle, sucia y animada, cercana a la plaza  Monastiraki, un viejo barbado interpreta, una y otra vez , el arpegio inicial del Starway to heaven de Led Zeppelin. Desgreñado y con barbas de un vino secular, improvisa luego variaciones sobre la voz de Robert Plant y hay algo en su solo de guitarra que nos hace intuir que este sileno canoso, mezcla de Pan y Allen Ginsberg, alguna vez tocó en una sala de conciertos o en un club de rock progresivo . O figuró de telonero en las primeras actuaciones de los Aphrodite´s Child, cuando irrumpieron en Cannes.

La ciudad, Atenas, se presta a ello. En la calle de Dioniso Aeropagita - de neoplatónica resonancia - un vate absorto interpretaba un viejo tema de Crosby, Still y Nash -el Teach your Children . Sobre la populosa Monastiraki, repleta de ociosos, otro poeta oscuro repetía, como un salmo, los acordes del Redemption song de Bob Marley... Y había una suerte de seguridad en la interpretación de tan antiguos himnos que hace pensar que, a despecho del mito de la California de los 70 , ésta, Atenas y sus calles, es el último refugio de un sueño lento y como narcotizado, de un distante mito como de viaje psicodélico, días de sol, los solos de guitarra de Jimmy Page, el viaje a alguna isla y nada que hacer en absoluto, excepto repetir la fiesta de anoche.




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Desde la esquina de Plakas hacia el Museo Paullos and Alexandra Kanellopoulou  - la Acrópolis en lo alto - una vestal morena toca, absorta y metódica, una suerte de melodía ritual en una especie de xilófono medieval: continua, lenta, obsesivamente. Las variaciones sobre el tema sugieren una liturgia monótona e interminable. Como lo es en general la liturgia griega, refugiada en su persistencia, a despecho de los asaltos de la ortodoxia romana, primero. De la cuestión de la mera supervivencia tras la desaparición  del Imperio oriental, siglos después; de la larga ocupación turca, más tarde.

Sobre esta calle, Dioskouron , en sombra bajo el foro de Hadriano , no cruza apenas nadie. Los turistas se alejan en dirección a los cafés de la plaza Kadou  . La musa absorta prosigue su lento rezo. Es muy morena, muy distante, muy joven, muy guapa. Cuando me acerco por fin y deposito unas monedas en la tela bajo el harmonio apenas me mira. Hace un gesto como pidiéndome que le agradezca el honor de haber permitido acercar mi óbolo hasta su altar. Nos alejamos, un tanto melancólicos, con un cierto desconsuelo.




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La vida en la calle. Sólo siglos de luz y de palabras - y un calor mitológico - pueden haber creado esta sensación de la calle, la plaza, la acera, la taberna y el mercado como el lugar de la vida.

Sobre el pasaje Hadrianos, abarrotado, con toldos y tenderetes a cada paso, hay al fondo unas ventanas cerradas, unos edificios como en silencio, que nadie advierte. No hay nada que advertir. Toda la gente, todos los ruidos, los olores, las esperanzas, están aquí abajo. Sobre la acera, bajo el calor del verano, inmisericorde.




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Un calor antiguo, sin matices.

Frente al Museo Arqueológico Nacional se abre la amplia explanada. Al fondo, la avenida 28 de Octubre - fecha en la que se conmemora el célebre rechazo del dictador Metaxás al ultimátum de Benito Mussolini, que dio lugar a la entrada de Grecia en la Segunda Guerra Mundial - muestra algunos edificios neoclásicos, otros de un estilo ecléctico de fin de siglo... Los restos de una arquitectura burguesa tardía que hablan del resurgimiento de Atenas tras la independencia del Imperio otomano.

Hay una parada de autobuses, otra de taxis frente a la fachada del Museo. El calor seca los escasos árboles que la respaldan a un costado, y semeja ciertamente improbable que nadie se pueda sentar en la terraza vacía que aguarda, sin sombras, sobre la acera. Cruzar la explanada semeja de pronto una tarea imposible. Una pareja de inglesas pálidas armadas con sombreritos y guías de viaje lo lleva intentando desde una época ancestral, semeja, y nadie sabe si por fin van a conseguir escapar de su desierto estival. Sentado en las escaleras, tras una mañana pasada entre ídolos cicládicos y diosas antiguas, pienso que no voy a cruzar nunca la calle. Esperaré a que venga el invierno, de nuevo.



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La vida sigue en la ciudad. Hay algo fascinante en el caos de una capital en verano.

Frente al Arco de Hadriano , en las calles inmediatas a Plaka se agrupan los turistas, los atenienses a mediodía. Salen y entran de los locales de comida barata - ensaladas en recipientes de plástico; yogures y frutas en un vaso; frutos secos en cucuruchos de papel . Se sientan en la acera, en las sillas de las terrazas, en unos bancos de la parada del autobús... El calor crece, por momentos. Los turistas hacen un alto en su tránsito geométrico. Los atenienses, no. Se sientan, miran alrededor, hablan entre ellos con voz pausada. En verano no ocurre nada y semejan saber no esperar nada, mirar el día sin accidentes ... Es posible que tampoco ocurra nada en invierno.


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Una imagen me tenía fascinado, estos días. Era la del país donde - a despecho de su fama - hasta el siglo XIX no llegaba nadie. Nadie llegaba hasta Grecia, apartada, sin caminos y bajo la dominación turca. Toda la evocación obsesiva del arqueólogo Winckelmann - y la noción en cierto modo sistemática del arte como repetición del arte griego - la efectúa éste desde Italia, desde las bibliotecas de los principados alemanes. Nunca pensó en alcanzar Grecia . Tampoco lo pensó Goethe, ni Lessing, ni Poussin, ni Piranesi, ni van Heemskerck... Ni siquiera Antonio Canova.

Cuando este último descubre los originales griegos lo hace en Londres , en el Museo Británico. ( Declararía entonces que tendría que haber nacido de nuevo, después de haber visto los frisos del Partenón).

También lo pensaría, un siglo más tarde, Ernest Renan. A su regreso de un viaje por Alejandría, Beirut y Esmirna, visita Atenas. Sus lugares hasta ese momento habían sido los de una Bretaña tradicional primero, su personal interpretación del cristianismo más tarde, sus revelaciones en el valle del Jordán.

Cuando descubre Atenas escribe:

"Cuando vi la Acrópolis tuve la revelación de lo divino (...) En ese momento el mundo entero me pareció bárbaro".



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Precisión de la distancia. Friedrich Hölderlin nunca conoció Grecia. De hecho apenas salió de su entorno, su Tubingia natal. Un viaje a pie hasta la región de Garona le sirve para pensar que ha aprehendido la región meridional. " Un signo - escribe - es suficiente para el que anhela". Estos días, a saber por qué, mencionamos su emocionada evocación griega. En el poema en hexámetros El Archipiélago cuando pregunta:


¿Vuelven las grullas hacia ti? ¿ Y dirigen de nuevo
hacia tus orillas su rumbo las naves ? ¿Acarician
brisas propicias tus olas tranquilas? ¿ Y solea el delfín
sus lomos a la nueva luz, atraído desde lo profundo?
¿Florece Jonia?; ¿ Es ya tiempo?, pues siempre en primavera
cuando a los vivientes se les renueva el corazón y despierta
en el hombre el primer amor y el recuerdo de los tiempos dorados ...


Fascinación de lo lejano... Paseando por una Atenas ruidosa, llena de gatos y sillas y mesas en la calle, recuerdo la primera vez que alguien nos descubrió el poema de Hölderlin. Era en el Rastro madrileño, un domingo caluroso de verano a su vez. En medio de la multitud y los puestos de pachuli e incienso orientales Armando M. leía plácidamente a Hölderlin, su fervorosa descripción de una Jonia remota. Y a la vez, el lugar más cercano.

No sé si el recuerdo de el Rastro madrileño, los puestos de incienso y la lectura absorta de Armando tiene algo que ver con estos días, estas calles. Quizá no.



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Contemplación de la Acrópolis, el Erecteion a lo lejos, al atardecer.

- Es el origen de Europa, ciertamente.
- ¿Por qué?
- No lo sé. Lo siento así.




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También en verano puede darse la desolación.

Comentaba el escritor irlandés Patrick Leighton en su libro de relatos sobre los Balcanes A Journey to Belgrade:

" Llegué a Atenas una tarde de domingo, en el agosto de 1952. La ciudad estaba medio vacía y un calor húmedo aplanaba las calles.

Sin ninguna dirección, me dirigí hacia un hotel del que alguien me había hablado en Sofia. Se encontraba en el barrio inmediato a Sintagma, en unas calles traseras. No había gente por la calle. En la acera los gatos hurgaban en los cubos de basura. Una mujer hablaba sola, unas esquinas más allá. No vi a nadie más.

El portero, en la entrada, me alcanzó la llave, sin apenas prestarme atención. Estaba escuchando un programa de radio y volvió a sumergirse al pronto detrás del mostrador.

En un pasillo alto, más allá de un cuarto trastero, se hallaba la habitación. Estaba abierta. No tenía más ventana que la que daba a un pequeño respiradero interior, una reja sucia desde la que se adivinaba el cielo. Una colcha rosa sobre la única cama, una lámpara mortecina en una mesilla, una alfombra gastada en el suelo. Eso era todo.

Me senté en la cama. Después de todos esos meses pensé, de pronto, que nunca había estado en un lugar tan apartado, tan triste. "



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Lo que resta tras la calma.

En un paseo por las afueras de la ciudad hablamos con el taxista sobre la guerra, la ocupación alemana. Cuenta sobre ella, sobre la resistencia y la feroz represión. No puede ser su memoria, pienso, porque es demasiado joven. Pero hay algo absolutamente pesado, real en lo que cuenta y siento, de algún modo, que es una memoria colectiva, que aún permanece.

El verano es la época plana, sin accidentes. En esta ciudad, siento, una historia tan desdichada , tan extensa, surge de pronto detrás de la lasitud del día.  La memoria nombra aquello que se escapa a la llanura, un presente sin relieve, bajo el sol de agosto.












lunes, 8 de agosto de 2016

Playa de la Albufereta

 
 
 
 
En las afueras de Alicante, sobre la nueva carretera a Campello, persisten aún los restos de un antiguo alfaz. La finca, de un color tierra más oscuro que el campo, los solares que la rodean, guarda aún esa disposición entre urbana y rural que poseían estas casas en las afueras. Donde se mezclaban los amplios almacenes para guardar  la almendra con una despejada terraza sobre el porche para tomar el fresco a la tarde, y aún alguna alberca cercana, de uso estival. Está bastante cuidada. Su presencia, entre las rotondas de asfalto, las vías del tren de la costa y una explanada vacía donde se sitúa un gran centro comercial, es, aún, una marca del antiguo verano.
 
No hay más. El resto son carreteras de circunvalación, puentes hacia la playa, un descomunal cauce de cemento del río que nunca lleva agua y en cuyos márgenes proliferan las matas secas, un como campo de fútbol clandestino, el esqueleto de una barca que nadie sabe cómo fue allí a parar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 21 de julio de 2016

cala ratjada II




Del poeta Pere Caldar había encontrado en una oscura librería de Palma hacía años su breve y rara Ruta de Mallorca. Era un libro de notas de viaje en donde la descripción escueta cedía a veces a una suerte de segundo itinerario, alegórico y apenas insinuado. Lo leí en su momento, un verano. Del autor sólo encontré, tiempo más tarde, algún poema suelto en una antología local editada en Manacor, unos textos igualmente elusivos en un catálogo de pintores de la isla para la galería Maior de Pollensa y la reseña de un artículo sobre costumbres locales en el Diario de Baleares. Nada más.

El pintor G. me comentó que lo había conocido. Había vivido al parecer Caldar en una finca cercana a Capdepera durante algún tiempo y en alguna ocasión había subido al estudio del pintor. También acudía a veces a las cenas que la galería Sa Pleta Freda organizaba en verano, en las exposiciones de la sala. Se había marchado luego de la isla y residía en la actualidad en un pueblo del Ampurdán, creía G. No supo decirme nada más.

No he encontrado su nombre, aunque lo busqué, en la excelente La ciudad sumergida, el relato de José Carlos Llop sobre los días de Palma. En el exhaustivo diccionario de las vanguardias de Juan Manuel Bonet . Ni siquiera en el clásico Diccionario de escritores mallorquines del Instituto Jaume I, en donde aparecen nombres que sólo allí parecen haber existido.

Retornado el verano en otros lugares, en un momento dado recordé la descripción que del mismo se hacía en el librito de Caldar. El verano es la isla, pensé.

" Un calor nuevo sobre la finca, ya el verano de pronto. Han recogido las cosechas en el Bajo Ampurdán.

Entonces he recordado otro lugar. Era Capdepera, el pueblo en lo alto sobre la bahía de Cala Ratjada. En la plaza, a mediodía, ya no cruza nadie. El sol sobre las fachadas de piedra - el maresme - de la isla, las casas cerradas. El rumor de los coches, de la carretera más allá. El camino a la costa traza una curva en la mitad del pueblo, cruza alrededor de la plaza en la que me refugio normalmente a estas horas. Es la imagen del verano en la isla, del tiempo en suspenso - a la espera de qué acontecimiento que, intuyo, no va a tener lugar.

En el café de la esquina espero a G. que trabaja en el estudio hasta tarde. Fuera, en la acera, algunos veraneantes se sientan bajo las sombrillas, en la terraza polvorienta y seca. No ocurre nada.

Cuando llegue G. tomaremos una cerveza. Bajaremos más tarde hacia el pueblo, a alguna casa de las afueras, al bar de la playa luego. Entonces, tarde, es posible que ocurra algo, que el día se mueva ".





jueves, 30 de junio de 2016

De geografía china


 

En el Dictionary of Places and Locations from the Modern Japan editado por la Universidad de Princeton a principios del siglo pasado aparecen varias referencias a lugares tradicionales de la geografía medieval china.

A pesar del título el diccionario en cuestión es sobre todo una enciclopedia y sus entradas hacen  alusión antes a un repertorio de origen medieval - la edad media perduraría hasta el siglo XVIII en el reino de Nippon - que a lo que la historiografía entiende como "edad moderna". Incluye numerosos artículos referidos más bien a una tradición del Reino de la China que a la estrictamente japonesa.

El diccionario figura en la inclasificable biblioteca del Instituto de Estudios Orientales de la Universidad de Salamanca, y en el mismo, exhaustivo e inagotable, se pueden encontrar todo tipo de referencias a autores, periplos y lugares remotos de la geografía oriental. La mayoría son lógicamente desdeñables, a no ser que el lector padezca de insomnio. O de esa incurable manía clasificatoria que hace que para algunos lectores - como afirma el novelista británico Somerset Maughan en uno de sus prólogos - la lectura preferida de los mismos sean las guías de ferrocarriles o los Atlas mundiales. O los repertorios universales, al modo de las Etimologías isidorianas, por ejemplo.

En algún artículo del interminable Diccionario se hace referencia a ciertas obras del poeta Toshei - autor del que tan pocas noticias se conservan. Una de ellas, la cual hubo de llamar mi atención, era una alusión a una suerte de ensayo geográfico en el que el escritor recogía alguno de los mitos tradicionales de la topografía de la época. Entre ellos el del conocido reino del legendario Emperador Amarillo, tradición que, como todo el mundo sabe, tiene su origen en el Imperio de los Tres Reinos, de donde - junto con la escritura y tantas otras invenciones - llegaría en época más tardía al Japón.

El artículo, que se titulaba El reino perdido, decía más o menos así ( la traducción, esto es, la traición es mía ) :

" En otro tiempo el funcionario Chen Yua, que habitaba en las montañas de la región de Xingjian , decidió partir en busca del legendario reino del Emperador Amarillo.

Se puso en marcha y bajó de las montañas. Atravesó un gran rio. Al otro lado se adivinaban los restos de una oscura muralla. Los cruzó y se adentró en la llanura. Ésta era cada vez más árida y cada vez más despoblada. Al cabo del tiempo apenas encontró alguna aldea o algún asentamiento habitado. Las piedras al principio, la arena más tarde, le rodearon y en el horizonte sólo pudo divisar ya más rocas y más arena.

Algunos campamentos, raros y efímeros, se instalaban en el desierto. Sus pobladores eran bandidos, contrabandistas o conductores de ganado. Chen Yua anotó que hablaban muy poco o proferían terribles maldiciones. Algunos se rieron de él al advertir sus ropas montañesas. Otros convivieron a su lado, durante meses, sin decir nada.

Al otro lado del desierto, en el horizonte, se levantaban de nuevo unas montañas. Después de muchas jornadas, de días de tedio y sed, logró llegar hasta ellas. Allí advirtió que los lugareños vestían de un modo similar a él , y hablaban un dialecto parecido.

Entonces les preguntó por el lugar del mítico reino, por el Emperador legendario. Los montañeses le miraron con asombro y nadie supo decirle nada.

Por fin, una noche, alguien le respondió:

- Has estado en él. La llanura que acabas de cruzar, el desierto, es todo lo que queda del Reino ".



        - De      AA.VV.    Dictionary of Places and Locations from the Modern Japan    Univ. of Princeton Press,  New Jersey, 1907. ( vol. XIV )





miércoles, 1 de junio de 2016

Emblemas




En un tratado sobre alegorías y símbolos tradicionales de la pintura del Barroco encuentro las marcas de lo Universal, la antigua cultura.

Las Horas, la Discordia, Eros, el Mensajero, o el matraz del alquimista... Marcas de lo Universal, de los Nombres de las cosas. Constituían la antigua forma de la cultura, su laborioso texto, la trabajosa matriz desde la que se podía aludir a un particular, y elaborar una imagen - o un relato - en concreto.

En un tiempo en que toda alegoría ha quedado arrasada, todo simbolismo, todo aquello que no responda a la más triste inmediatez, a la excepción de los objetos - como si fuera del texto alegórico pudiera haber nada concreto.



miércoles, 13 de abril de 2016

El rabino Aizik de Cracovia


 

La historia aparece citada en la introducción que Victoria Cirlot realiza de El vuelo mágico, una recopilación de textos de Mircea Eliade, el antropólogo - y mitógrafo, historiador de las religiones y novelista - rumano.

En algún lugar leemos que el relato había sido recogido originalmente por el filósofo israelí Martin Buber, y más tarde por el historiador alemán Heinrich Zimmer, quien se lo contaría en última instancia a Eliade. Debió de pertenecer a una tradición oral, hashídica.

El relato fundamentalmente cuenta que:

En Cracovia vivía un rabino muy pobre, llamado Aizik. Este rabino soñó varios veces con un tesoro que se hallaba debajo de los pilares de una pasarela, que al cabo reconoció como el puente que  cruzaba debajo del palacio real de Praga. No prestó demasiada importancia al principio a tan improbable quimera. Pero al repetirse varias veces el sueño, y cada vez con mayor precisión, optó finalmente por ponerse en camino con sus miserables medios, y dirigirse a la ciudad de Praga.

Cuando llegó a la capital encontró que el puente, como era de esperar, se hallaba permanentemente custodiado por la guardia real, y que ésta jamás abandonaba la vigilancia, día y noche. Merodeó durante varias jornadas en torno al mismo. Hasta que una mañana el capitán de la guardia, que había advertido sus pesquisas, le interrogó acerca de ellas.

El rabino optó por contarle la verdad y le relató el sueño que había producido tan extravagante viaje.

- Los sueños son engañosos - replicó el capitán, un tanto melancólico. - Cien veces he soñado yo con una casa en Cracovia miserable, al pie de una calleja oscura e inmediata a una triste sinagoga. Al pie de las tablas del patio se halla un tesoro... Pobre rabino, nunca he hecho el menor caso a mi sueño y me he ahorrado por lo menos el fatigoso viaje.

El capitán a continuación le ofreció al rabino una pequeña colación y le animó a que retornara sin demora a su villa. El rabino le agradeció sus consejos y volvió a la ciudad. En su casucha miserable , al regreso, buscó donde el capitán le había indicado en el sueño y allí en su propia casa halló el tesoro.

El  relato, bastante conocido, aparece citado en otra parte en el filósofo judío Lawrence Kushner, en su Libro de los milagros.

Curiosamente es el mismo que recoge Jorge Luis Borges en su Historia de los dos que soñaron. Pero si en el primero la narración pertenece a la tradición hashídica, en este caso el argentino rehace el relato que da lugar a la noche 351 del libro Las Mil y una noches.

La antología, como se sabe, se había recopilado en torno al año 850  en árabe a partir de una  colección persa , la Hazár afsana ( o Mil leyendas) más antigua. Esta recopilación persa tampoco era original puesto que en ella se encontraban a su vez relatos que en su origen pertenecían a la India y eran bastante anteriores. Del cuento en cuestión - o "Historia del hombre de el Cairo" en la acepción más popular del relato borgiano - existe a su vez otra versión  de Al Matmari, en 150 cuentos sufíes atribuida a Valal Al- Din Rumí, "prácticamente idéntica".

El argumento se repite en diferentes lugares. En la recopilación de cuentos populares del siglo XVII de Jerónimo Cortés, titulada generosamente Libro y tratado de los animales terrestres y con la historia y propiedades de ellos se nos indica que en alguna de las narraciones " el tesoro se encuentra en la propia casa del protagonista, debajo de la escalera".

J.L. Borges, que de nuevo realiza una narración perfecta - sobre un hombre de El Cairo que viaja a Isfaján detrás de su sueño - atribuye el relato al historiador Al Idrisi . En realidad como sabemos pertenece a las Mil y una Noches y el argentino alteró alguna de las circunstancias , como la ciudad del protagonista, de la recopilación árabe.

El cuento se  inicia con las palabras :

" Cuentan los hombres de fe ( pero sólo Alá es omnisciente y misericordioso y no duerme ) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre..."

El mismo relato aparece , una y otra vez, en distintos lugares, en diferentes tradiciones y épocas... Para alguien como el escritor argentino que había elaborado una teoría platónica de la literatura y recordado, en torno al poema Kubla Khan de Coleridge, que " veinte años antes Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir son episodios o fragmentos de un solo poema infinito erigido por todos los poetas del orbe " esta circunstancia, la de un relato que resurge una y otra vez, y cuyo autor se oculta indefinidamente, no debía de ser del todo desdeñable.




viernes, 4 de marzo de 2016

Historia de Arlequín



1.


  La figura de Harlequin aparece , desde el repertorio legendario de la Edad Media, relacionada en su origen con el paso, fascinante y estremecedor, entre los dos mundos. Es uno de los personajes de la "cacería salvaje". Aquella en la que un grupo espectral y desaforado de cazadores sombríos persiguen la pieza, incansable y eternamente.

En una de las crónicas clásicas, la de Orderico Vitalis, monje de St. Evreul-en- Couche en el siglo XI, se nos describe cómo:

" (...) muchos vieron y oyeron un gran número de jinetes cazando. Eran negros, grandes y espeluznantes y montaban en caballos negros y negros ciervos, y sus perros eran negros, con ojos como platos y horribles. Esto fue visto en el parque cercano a la ciudad de Peterborough, y en los bosques que se extienden por la misma ciudad de Stamford, y por la noche los monjes les oyeron sonando y soplando sus cuernos de caza ".

La "cacería salvaje", originaria de la mitología del norte europeo y presente en diversas tradiciones, recibe diferentes nombres . En Normandía es la chasse Annequin. En la Isla de Francia la chasse Saint Hubert. En Quebec la chasse-galerie. Al norte del Danubio la caza de Odin. En Inglaterra es el rey Herla (Hellequin) el que dirige la hueste. En Dinamarca, el rey Valdemar Atterdag. El germano Wuodan o el céltico Arawn. El Comte Arnau en Cataluña o el abate Martín en la leyenda de los perros del Eitzari-Beltza en el País Vasco. Según Manuel Alvar, en la tradición de la Castilla medieval " la mesnada era conducida por un Herlequin, conde de Bolonia muerto el 882 con sus soldados en un encuentro contra los normandos".



Un relato de Diego Hurtado de Mendoza, recogido en Las guerras de Granada, nos habla sobre la "estantigua", la versión castellana de la cacería:

" Y ven los moradores encontrarse por el aire escuadrones; óyense voces como de personas que acometen; estantiguas llama el vulgo español a semejantes apariciones o fantasmas que el vaho de la tierra cuando el sol sale o se pone forma en el aire bajo, como se ven en el alto las nubes formadas de varias figuras y semejanzas ".

Hellequin, un emisario del mundo otro, vestido de negro y con una cohorte de figuras similares es quien, en la tradición medieval francesa, recorre los campos de noche en una cacería de las desventuradas almas que en su camino tienen el infortunio de encontrarlas. ( Un remedo de esta travesía nocturna se recoge en las tradiciones en torno a la Santa Compaña en Galicia, o a la leyenda del mal comte en Cataluña) .

Intervención del otro mundo en éste, en algunos casos el relato de la cacería salvaje supone la noción de un tiempo otro, el tiempo demorado o supendido de la otra parte.

Como en el relato del rey britano Herla, el cual acude al banquete de bodas del dwerf  Oberón, el monarca élfico, después de haber asistido el segundo al suyo.

Después de los tres días de la ceremonia en el reino de aquél el rey Herla y sus acompañantes regresan. No encuentran el camino de vuelta o éste les es desconocido. Vagan por lugares que no reconocen. Preguntado al fin un pastor por la reina éste les responde: "Apenas puedo entender lo que hablais, porque yo soy sajón y tú un britano". Luego les refiere que ha oído la leyenda sobre un mítico rey de los britanos, el rey Herla. Pero ésta es muy antigua y los sajones gobiernan la isla hace ya más de dos siglos.

Condenados a vagar eternamente, en otra versión el rey nunca encuentra el angosto camino de regreso y su errancia prosigue, ya para siempre en el otro lado.

En otro relato la hueste del rey había sido advertida de no descender de sus cabalgaduras en tanto no lo hiciera un lebrel blanco, regalo del rey enano. Según esta versión transcurren tres siglos hasta que los caballeros pueden bajar de los caballos " y aquellos que lo hicieron antes quedaron inmediatamente convertidos en polvo".



2.

Rumores de la cacería... En el País Vasco cuenta el erudito Barandiarán cuando se oía el viento nocturno los aldeanos exclamaban : " ¡Los perros del abad! " y se acogían al fuego. En Suecia la cacería de Odín es escuchada, pero nunca vista. " Entre los truenos - se nos cuenta - el ladrido de dos perros , en tono muy alto y muy bajo, es el único sonido identificable ". Según otra versión el bosque se silenciaba  " y sólo los ladridos, los truenos y algunos gemidos eran escuchados". Al norte del Rhin los campesinos escuchan, entre la tormenta, los cuernos de caza nocturnos de la hueste del antiguo conde del Rhin. Éste, como es sabido, prosigue su cacería incansable después de haber hecho sonar las trompas una mañana de domingo, frente a las campanas que llamaban a la oración.

" Los árabes identifican ese viento - el viento aullador - el cazador y la muerte ", se nos señala en algún otro lado.





3.

 
Lugares, momentos de paso... El latino Varrón ya advertía : " Cuando el mundus está abierto puede decirse que está abierta la puerta de las tristes divinidades infernales ".  En el imaginario latino el axis mundi es el "punto de unión del cielo, la tierra y el infierno". La cultura romana de las Lemuria recogería después la tradición griega de las Anthesterias , período de doce días a mediados de febrero  "durante el que el más allá está abierto".

" Durante todo el día la ciudad ( Atenas) está bajo el dominio de Dionisos y su cohorte infernal. Salvo el del Pantano los templos están cerrados y ya no protegen la ciudad. Más bien se protegen ellos mismos, cercados por un cordón de la fuerzas subterráneas. (...) Allí cerca se derrama agua en abundancia para que las almas la beban ; o trepen por ella para salir a la superficie de la tierra; allí mismo también se rinde culto a la madre Tierra ".


Siglos más tarde, cuando la Francia medieval recupere la leyenda del Ellequine se nos explica que "Se designa así a un grupo de muertos conducidos por un gigante tuerto, que recorre la tierra durante el período de Doce Días ( Navidad- primero de año). Se interpreta como una personificación de la tempestad". El eco de esta configuración del año lo recoge el calendario cristiano, como sabemos,  en la  fiesta y la noche de San Silvestre.

Momentos de paso... En el antiguo calendario celta la noche de Samhain, el 31 de octubre, designa el tránsito al año nuevo celta - y el comienzo de la " estación oscura ". En otras descripciones se nos indica que la celebración del Samhain tiene lugar exactamente durante la luna de octubre- noviembre. La etimología del término en gaélico designaba " el final del verano". En esta noche las interdicciones entre los dos mundos eran clausuradas y ambos podían , por un lapso de tiempo exacto, volver a comunicarse.

" Samhain - se nos dice - es una de las dos noches de "espíritus" en todo el año, siendo la otra Beltane. Es una intervención mágica donde las leyes mundanas del tiempo y el espacio están temporalmente suspendidas y la barrera entre los mundos desaparece".

En otro lugar se nos describe como " en la mitología celta los sidhe o pueblos feéricos también celebraban Samhain (...) En la víspera de noviembre las hadas podían tener maridos mortales y se abrían todas las grutas de las hadas ...". En otra tradición medieval, la que recoge el romancero antiguo castellano, no será casual que el encuentro del Infante Arnaldos con la nave misteriosa, aquella que  la mar ponía en calma / las olas hace amainar...  tenga lugar "la mañana de San Juan". ( En el antiguo calendario Litha, la fiesta pagana del solsticio...)

 

O los lugares de paso... En ellos se produce el tránsito, el acceso al otro lado. En la tradición clásica éste es en muchas ocasiones un río, de nombre tremebundo : el Piriflegeronte , "río de fuego"; el Lete, " río del olvido"; el Aqueronte, "río de la aflicción"; el Cocito, "río de las lamentaciones"... El más célebre el río - o laguna según otras versiones - Estigia. " Río del odio".

Menos formidable, otras veces es una cerca, una simple valla la que protege el acceso. Esta valla, que en ocasiones el protagonista cruza inadvertidamente, señala un límite preciso: el del jardín, el espacio cerrado en cuyo interior, como todo el mundo sabe , tiene su escenario el Paraíso. ( En un argumento reiterado y mágico, alguien cruza el umbral. Más allá, de pronto, ocurre el acceso al otro lado, encerrado en el jardín, y al tiempo mágico del hortus conclusus. Les ocurre a  los protagonistas del Roman de la Rose, el relato cortés de Guillaume de Lorris, en el recinto alegórico... En las leyendas sobre Sierra Morena recogidas por Washington Irving en sus The Alhambra: A series of Tales of the Moors and Spaniards, donde las cuevas de la sierra esconden un perdido ejercito de los nazaríes, sus huestes mágicas... Pero también , en un ámbito más profano, le ocurre al inadvertido visitante de "Ellos", el memorable relato de Rudyard Kipling - del libro Traffics and Discoveries - en donde de nuevo sucede el encuentro maravilloso tras el trivial y azaroso acceso a un jardín...).


 
O  la montaña: " El Paraíso era el ombligo de la tierra y según una tradición siria estaba situado en lo alto de una montaña, más alta que las demás ", relata en algún lugar de su Diccionario de las religiones Mircea Eliade.

O la gruta, que niega siempre el acceso y en cuyo interior se escucha, desde fuera, como un vago rumor de voces ...

En Irlanda estos lugares son quizá menos formidables. Ninguno posee el eco épico, y distante, de la Isla Blanca, por ejemplo, allá en el Ponto Euxino, adonde fuera a morar el formidable Aquiles después de su muerte. Pero son sin duda más abundantes... No podía ser de otra forma en ese lugar en donde, según el poeta Yeats, "este mundo y el mundo al que vamos después de la muerte no están muy separados".

Se encuentran principalmente según el escritor, que la conoció en su juventud, en la comarca de Sligo.
 

Allí - en  The Celtic Twilight - se nos describe cómo:

" Un poco hacia el norte del condado de Sligo, en el lado sur de Ben Bulben y a algunos centenares de pies por encima del nivel de las llanuras, existe un pequeño rectángulo blanco en la caliza. Ningún hombre mortal lo ha tocado nunca con sus manos; y ningún cordero o chivo jamás ha venido a pastar la hierba junto a él. No existe lugar más completamente inaccesible en todo el mundo, y pocos lugares tan rodeados de un ambiente de terror para un ánimo exaltado. Aquí están las puertas del País de los Genios. En mitad de la noche se abren de par en par y sale la ultraterrestre tropa".

En otros lugares es una playa rocosa y desierta. Un arroyo sombrío, un puente, un fresno, una antigua abadía... El bosque, desde luego.



4.






Según la misma tradición la isla de Brazil - o Hy Brazil en gaélico - es el lugar adonde fueron a parar los antiguos dioses después de su paulatina desaparición. Se encuentra situada vagamente en el Océano, " al Oeste de Irlanda". En las descripciones de la misma ésta se encuentra por lo común cubierta por la niebla. Su perfil se difumina después de que los navegantes la hayan divisado, a lo lejos, inciertamente.

Aparece dibujada en el portolano, formidable, de Angelino Dulcert, en 1325. Como " isla del Brasil" en el mapa de Andrea Branco en 1436 (aunque algunos señalan que puede tratarse de la Isla Terceira, de las Azores).

En 1674 el capitán John Nisbet proclamó haber divisado la isla durante un viaje desde Francia a Irlanda. "Aseguró que la isla estaba poblada por grandes conejos negros, y un mago que vivía solo en un castillo de piedra".





5.



En la descripción clásica de Arlequin éste es un emisario de la otra parte, ataviado con una máscara negra, que recorre los campos con su cohorte infernal.

" Harlequin fue originalmente Hellequin, un ser demoníaco que, adentrado en los bosques de invierno, dirigía su aulladora cohorte de ánimas errantes. Un habitante del reino de la Muerte, mensajero del otro mundo, que sirve como barquero entre los reinos de los vivos y los muertos...".

La descripción es de Jean Clair, el crítico e historiador francés, quien la realiza no casualmente en su The great Parade, en un ensayo dedicado a Picasso, a su interpretación temprana de la figura del arlequín.

Y prosigue: " El Arlequín de Picasso - como el Trismegistos de Guillaume Apollinaire - avatar del tres veces grande Hermes, conductor de las almas, un dios maligno - no ha perdido su conexión original con el reino de la Noche, y el cielo circense abajo, donde acróbatas y trapecistas actúan ".




6.



La figura de Arlequín pasará, a partir del siglo XVI, a formar parte del repertorio tradicional del teatro europeo, dentro de la configuración de la Commedia dell´arte . En ésta, que tendría su auge en los siglos posteriores, se desarrolla un tipo de representación en el que la improvisación, independiente del texto escrito, surge a partir de unos personajes determinados y definidos, que el público iría reconociendo paulatinamente, y cuyas características eran subrayadas por el uso de unos atuendos reconocibles; de las máscaras en última instancia.

En algún manual se subraya que la Commedia dell´arte era la heredera, mantenida en el medio rural como farsa, de la antigua attelana latina, representación de origen osco que se realizaba en un ambiente popular desde el siglo IV a.C.

A partir de un momento determinado los personajes principales de la Commedia, más indefinidos en principio, serán:

Arlequín. Uno de los zanni o criados. De su tosquedad inicial se nos dice que el personaje irá evolucionando paulatinamente. Hasta convertirse en el personaje soñador, vestido a cuadros, acróbata, sumido siempre en enredos y enamorado posterior.

Arlequín,criado de Pantaleone,está enamorado de la criada de éste, Colombina. Su torpeza le impide alcanzar ninguna de sus metas, así como rivalizar con acierto con su astuto rival, Brighella, el intrigante.

El personaje sería perfectamente reconocible además por el vestido a rombos, rojo y negro característico - que daría lugar al adjetivo "arlequinado". En algún lugar se indica que este vestuario "era el recuerdo de su antiguo origen diablesco". En otro lugar se describe que " por lo general de cuero negro, tiene una enorme verruga o chichón en la parte alta. (Un posible cuerno cortado, vestigio de su origen diablesco )".

En la tradición del folklore medieval aún aparecía el recuerdo del Hellequin demoníaco:

" In 1262 a number of Harlekius appear in a play by Adam de la Halle as the intermediaries of  King Hellekin, prince of  Fairy Land, in courting Morgan le Fay".

Brighella. Compañero de Arlequín. Astuto, intrigante, " fabulador de enredos".

Colombina. Criada de Pantaleone. La eterna, e inalcanzable, amada de Arlequín y Pulcinella.

Dottore. Compañero (o rival) de Pantaleone. Siempre vestido de negro. Altivo y distante.

Pulcinella ( más tarde Pierrot) .Vestido de blanco y sin máscara. Criado, pintor, lunático, amante... A lo largo de su evolución se convertirá en el personaje por excelencia de la Commedia italiana.

Su personaje se irá diferenciando progresivamente del de Arlequín - tomando la figura del Pulcinella veneciano por un lado. Y por otro del ensoñador y ausente enamorado que el romanticismo - pero antes Watteau y la pintura francesa - adoptarán como uno de sus arquetipos preferidos.

Figura asimismo del simbolismo finisecular, su figura adquiere ya la forma de una ausente, extrema  melancolía.


Como en el célebre epitafio añadido a los dibujos de Vincent Aubrey Beardsley, "La muerte de Pierrot":

" Cuando oscurecía Pierrot cayó en su último sueño. Entonces los comediantes, Arlecchino, Pantalone, Il Dottore y Colombina subieron de puntillas y en silencio las escaleras y, llenos de cariño, se llevaron sobre sus hombros al clown de Bérgamo, que se había vuelto blanco; nadie sabe dónde ".

Pantaleone. Es el amo de los zanni...Puede ser padre, esposo - tradicionalmente veneciano. También comerciante. Y calculador. Y avaro.




7.

 
 
 
 
Más tarde, y en algún momento, la figura de Pierrot se irá diferenciando paulatinamente del resto de los zanni o criados de la Commedia dell´Arte. Hasta llegar a convertirse en el personaje pálido y  ausente del imaginario del siglo XIX - y del simbolismo tardío del siglo XX. Esta configuración, tan cara al fin-de-siecle se moverá sin embargo, durante un tiempo, en la ambigüedad.
 
" Las características de Pierrot y Arlequín - nos cuenta un ensayo sobre la imaginación moderna de la Commedia  - cambiaron con el tiempo y puede encontrarse la figura de cada uno representándose a sí mismo, o a la personalidad (opuesta) del otro. Y eso sin mencionar los cambios de nombre, lo que significa que aquello que llamamos Pierrot es a veces Pedrolino, a veces Gilles, o Pagliacci, o Petruska, u otras cosas... "
 
 Según cuenta la  tradición la configuración definitiva del personaje se deberá al célebre mimo francés Jean Gaspard Deburau ( 1796-1846) el cual "representó al Pierrot taciturno durante varias temporadas en el Théatre des Funambules de París ". A partir del mismo la vestimenta blanca de Pierrot será la marca del ausente, lunático enamorado de Colombine - de la luna más tarde, en su definitiva configuración espectral. De su carácter melancólico nos dará cuenta una reseña posterior que advierte del éxito de la representación del célebre mimo en el citado teatro, a la que nombra como "Pierrot de la mort".
 
La imagen había sido fijada de alguna manera ya en el Gilles de Watteau en 1718 . El cuadro según parece podría tratarse de " un reclamo que un antiguo actor (...) llamado Belloni y que había interpretado el papel de Gilles le encargó pintar para el café que inauguró en 1718 ".
 
La figura - " Pierrot, dit autrefois Gilles "tal como aparecería en las relaciones a partir de entonces - era inolvidable. Apartado de la escena galante que se desarrolla a sus espaldas, un tanto envarado, un tanto ausente, el pálido personaje mira de frente al espectador, mientras la vida, los acontecimientos tienen lugar en otra parte. Su figura espectral no pertenece ya al mundo de la actividad. Separado de ella , se encuentra ya en esa distancia permanente, absorta, que acompaña la imagen del melancólico - del reino de lo suspendido.
 
A partir de ese momento el romanticismo recoge con asiduidad la figura. Las citas al Gilles - o Pierrot - de Watteau se reproducen en Gautier, Baudelaire, Charles Nodier,  Nerval, Banville... Pierrot se ha convertido en un personaje caro al sentimiento romántico del artista, el cual, en su distanciamiento de lo inmediato, en su melancólica ausencia y su torpeza para lo cotidiano, sirve de modelo a una crítica de la inmediatez. Frente a él, Arlequín se configura a veces como el taimado - y teatral - rival de éste. Enfrente, la figura femenina de Colombina, la cual en su delimitación extrema  adquiere las prerrogativas de la femme fatale. Hasta el punto de que en algún lugar se la relacione con la Salomé bíblica, imagen extrema de ésta - tal y como recogerá la breve, y definitiva obra de Óscar Wilde, con las no menos extremas ilustraciones de Aubrey Beardsley.
 
 
 
 
 
Theodore de Banville había sido uno de los primeros escritores franceses en dibujar la imagen.  "Desde entonces - se nos dice en otro lugar - Pierrot y la luna están siempre en relación". Más tarde Flaubert escribirá su Pierrot au serail. Emile Reynaud el Pauvre Pierrot, Jules Laforgue el Pierrot ( scene courte, mais typique)...  El Pierrot de Banville - " le bon Pierrot que la foule contemple " - será musicalizado años más tarde por Francis Poulenc, en 1933 . No será la única de las versiones musicales. Años antes, en 1912, Arnold Schoenberg había estrenado en el Berlin Choralion Saal una serie de canciones -veintiuna -,  sobre textos de Albert Giraud, a las que tituló Pierrot Lunaire. Los textos se dividían en tres grupos simétricos, de siete poemas. " Sobre el amor, el sexo y la religión". "Sobre la violencia, el crimen y la blasfemia". Para culminar con el regreso de Pierrot a su Bérgamo natal . " Y el pasado acechándolo".
 
 
 
 
 8.
 
 
En el modernismo hispanoamericano Amado Nervo entre otros - pero también Lugones, o Manuel Machado - recogerá la figura del antiguo zanni . En un artículo en el diario "El mundo" - comúnmente titulado como La muerte de Pierrot - hablará del " símbolo del espíritu artista" o del "símbolo del soñador empedernido, burlón y decadente". Lugones había escrito sobre un Pierrot negro. Pero también un Himno a la luna en donde la figura principal del enamorado distante - y lunático- era de nuevo la del personaje de la antigua Commedia.
 
( Marcel Carné filmará más tarde , en 1945 un Les enfants du paradis inspirado en la vida de Deburau, el mimo que había configurado el Pierrot ausente. Y aún en 1965 J.L. Godard filmará un Pierrot le fou recogiendo la figura, poética y extrañada , de éste )
 
 
 
 

 
En 1898 Rubén Darío, cercano a una figura que había sido cara al simbolismo europeo, escribirá su relato " La eterna aventura de Pierrot y Colombina". El poeta nicaragüense ya había citado la figura en su Canción de Carnaval - de "Prosas profanas" - o en un poema suelto como Los regalos de Puck en 1891. Más tarde escribe su conocida Balada en loor del Gilles de Watteau , en 1912.
 
" (...) Fue de vuelo, Puck. De pronto
a Colombina encontró,
y junto a ella, hecho un tonto,
a Pierrot "
 
había descrito en  Los regalos de Puck.
 
En La eterna aventura... el motivo , recurrente en el simbolismo francés, vuelve a ser el de la pasividad de Pierrot, enfrentada a la actividad - e ingenio - de Arlequín, y alrededor de la figura galante de Colombina.
 
Es un baile de Carnaval. "Pierrot - nos dice Darío - no siente el peso del Tiempo. Él vive, come y sueña". Y más adelante, "Tú en realidad, Pierrot, a pesar de tu gula y tu afición al vino, eres un personaje triste".
 
 
Un poeta japonés del siglo XX, Daigaku Horiguchi , que escribe gran parte de su obra en París, recogería más adelante la figura pálida del ausente enamorado.
 
¡ Palidez de Pierrot! ¡Pena terrenal!
Pese a su brillante blancura
la faz de Pierrot era triste
como rayo de luna.
Pese a su brillante blancura
¡ El rayo de luna era triste!
 
 

jueves, 11 de febrero de 2016

El rencor de Wasabi


 
(fot. Hiroshi Hamaya)


En un opúsculo enigmático, publicado por la Universidad de Princeton en 1921 y titulado "Rhimes and Lifes of Poets from the Antique Japan", encuentro un capítulo dedicado a la biografía y anécdotas del poeta Toshei. El capítulo, como el resto del volumen, no indica el autor y el pie de imprenta sólo indica el lugar - la UCLA Press - y la fecha de la primera edición. En algún epígrafe se señala que es  "el volumen IV " de la obra.

Del poeta Toshei, como de la mayoría de los escritores que aparecen reseñados en la obra, se ignora casi todo. El diccionario abunda en alusiones a autores nacionales de finales del siglo XIX, de alguno de los cuales no he podido encontrar otra noticia que su presencia en el minucioso manual. Éste, cuyas referencias he buscado en vano, no aparece citado en ninguna otra parte - ni siquiera en la exhaustiva Bibliography of the Japanese Literature del profesor Minoito - si bien en el ensayo del erudito Carlos Rubio sobre la literatura del país se hace alusión a una misteriosa enciclopedia que hubo de editarse con fondos de la emigración japonesa en la Costa Oeste a principios del siglo pasado... Ignoro si se trata del volumen en cuestión o alude a algún otro. El libro ha llegado a mis manos consultando la desvencijada biblioteca del Departamento de Lenguas Orientales de la Universidad de Salamanca. Nadie ha sabido darme alguna indicación de su procedencia, fecha de adquisición u otros. El catálogo no indica la supuesta donación ni la fecha de llegada y, desde luego, faltan los restantes volúmenes de la obra en cuestión. Si es que alguna vez han llegado a existir.

El capítulo al que aludo, y que hubo de llamar mi atención, versa sobre el poeta Toshei, autor cuya existencia debió de tener lugar en los años del cambio de siglo anterior. Fuera del texto citado tampoco he podido encontrar referencias a la obra del mismo. Si bien en algún lugar se alude a la primitiva firma del conocido Basho como Toshei - coincidencia que debe desecharse inmediatamente, por la evidente diferencia de siglos - y en otro manual académico se alude a la obra de la escritora Toshi Ishida, bastante más conocida. O incluso a la relativa difusión en la provincia de Riukyu de la obra de un autor local,  Tosho, cuya poesía tiene lugar también por las mismas fechas. Ignoro si de nuevo se está hablando del mismo autor - con las ambigüedades de transcripción que tradicionalmente mantienen los nombres japoneses - o sencillamente se trata de autores diferentes, si bien de nombre similar.

Dentro del artículo dedicado al poeta Toshei me hubo de llamar la atención un relato breve, incluido en la biografía, en el que el anónimo redactor describe el viaje, en el fondo banal, que el poeta hubo de efectuar a la ciudad de Hatsukaichi, en la prefectura de Hiroshima. Un como incierto desasosiego me sorprendió al final del relato. Dentro de un capítulo que por lo demás aparece inmerso en el mismo tono ligero y como de encargo que comparte el resto del diccionario.

El fragmento al que aludo señala que:

" En el otoño de 1905 Toshei regresa por un tiempo a la ciudad de Hatsukaichi. Como se indica en páginas precedentes había residido allí alguna temporada mientras finalizaba sus estudios en la Escuela Superior de Kyoto. Es la única noticia que poseemos de su visita posterior a una villa que, según indica el propio autor, tuvo una cierta influencia en su obra. En sus vacaciones juveniles en la misma comenzaría a escribir su "Jardín de flores mustias", obra poética que publicó hacia finales de 1898. No hay, aparte de la descripción de esos primeros veranos en la ciudad costera, ninguna otra alusión a aquélla. Éstas desaparecen tras el único regreso, en el mes de octubre del año indicado".

En un artículo autobiográfico publicado por la revista Modern Japanese Literature en 1910 el poeta Toshei relata que:

" En el otoño de 1905 regresé por unos días a la ciudad de Hatsukaichi. Inmediatamente fui a alojarme al establecimiento hotelero que mi antiguo amigo Wasabi mantenía en el puerto. Tras abandonar los estudios mi compañero Wasabi se había casado con la hija de un comerciante local y habían abierto una pensión en un almacén en el muelle. Nunca han abandonado la ciudad desde entonces .

Apenas vi Hatsukaichi y a los pocos días regresé a Tokyo. Un tanto sorprendentemente mi amigo Wasabi se había empeñado en sostener una pugna literaria, durante la cual insistió en leerme la voluminosa obra de teatro que al parecer había compuesto en esos años, así como unos poemas modernos de los que apenas entendí nada, excepto la queja de que nunca hubieran sido publicados.

Ignoraba todo acerca de las preocupaciones literarias de mi compañero de correrías juveniles. Había sido anteriormente un experto conocedor de todas las variedades locales de sake de la costa, y el alegre compañero de tabernas durante aquellos años.

A Wasabi le acompañaban en alguna ocasión otros conocidos o amigos locales, asiduos frecuentadores del hostal. Habían formado un club de lectura, vagamente emparentado con la oposición a la reforma Meiji. Entre todos criticaron la orientación según ellos excesivamente erudita que había adquirido mi último libro, así como los del escritor Natsume Soseki. Sospeché en algún momento que nunca los habían leído" .

El capítulo de la enciclopedia Rhimes and Lifes...   termina páginas después, en tono de recopilación, aludiendo a alguno de los escasos libros posteriores del poeta Toshei. Obras que, como es sabido, apenas han tenido ningún reconocimiento público.




miércoles, 13 de enero de 2016

Una estación remota


 
 
Una imagen, fascinante. En una estación nevada alguien espera el tren. Éste surge de una travesía entre la nieve; proseguirá, pensamos, entre el hielo, la niebla de nuevo. La desconocida se sumergirá en su interior, sobre las vías heladas. La estación, intuimos, quedará sola otra vez.
 
Ésta es la imagen, cuya revelación acaece a primera vista, inmediata.
 
En un texto que acompaña a la misma leemos que en la estación de Shimo-Shirataki, en la isla de Hokkaido, el tren se detiene dos veces al día para recoger a la única viajera, una estudiante de enseñanza secundaria. Es la última pasajera del lugar. La Hokkaido Railway Company mantiene escrupulosamente la parada, a la ida y a la vuelta.
 
Luego, en algunas guías turísticas leemos algunos datos sobre la línea, el lugar. En su escueta enumeración reconocemos la rara, inmediata, insondable fascinación de la fotografía. 
 
Así, leemos que:
 
" Kyu Shirataki, en la región de Hokkaido, es un lugar situado en Japón - a unas 601 millas ( o 968 kms.) al norte de Edo, la capital de la región."
 
 " La estación de Shimo - Shirataki es atendida por el único tren de la la línea principal de Sheikoku, y dista 88,3 kms. del punto oficial de comienzo de la línea, en Shin- Ashahikawa.
 
La estación está numerada como A 46 ".
 
El texto finaliza afirmando que :
 
" El tiempo hoy es de 8º F. Viento SSE a 6 mph.
Noche: Nieve comenzando en la madrugada".
 
 
 
 

lunes, 14 de diciembre de 2015

Diciembre

 
 
 


En un relato de J.L. Borges éste contaba cómo un cúmulo de notas y objetos sin sentido aprehensible para el protagonista dibujaban al final algo así como un paisaje definido.  "Este paisaje - nos advertía - era quizá el de su propio rostro ".

Existe siempre la tentación de pensar que lo disperso está dibujando algo así como un paisaje en el fondo, cuya imagen se va a desvelar en algún momento, más tarde... Quizá no sea cierto. Quizá no se dibuje nada, excepto la confusión inicial.

Así las lecturas, los libros de estos días en que las tardes se van acortando, irremisiblemente. " No estoy leyendo nada" es la respuesta indefectible que asoma cada vez que, entre viaje y viaje, alguien nos pregunta por ello. Quizá no sea cierto del todo. Algunos libros, de pronto, se relacionan con otros momentos, otros lugares.

Así el encuentro insospechado con una obra para mí inédita del propio Borges, en una trattoria de la ciudad de Milan. En la reforma del establecimiento que, según nos contaron había tenido lugar tras un incendio reciente, habían colocado a lo largo de las paredes una estantería de libros variados " que los clientes pueden llevarse ". Ante nuestra sorpresa uno de los títulos es un ensayo sobre poesía del escritor argentino, "L´invenzione della poesia", que uno, que vagamente presume de conocer la bibliografía de aquél, nunca había visto citado en ninguna parte. El volumen, de la editorial Mondadori, no indica el origen de los textos ni la fecha de los mismos, que descubrimos luego corresponden a una serie de conferencias que el escritor impartió en la universidad de Columbia, en el año 1971 probablemente .

En los textos, la impagable finura como lector de Borges: las referencias a una fascinación inagotable cuyos nombres son Homero, Virgilio, Dante o Thomas de Quincey. Pero también Chesterton, Stevenson, Kipling o el recuerdo de Lugones, entre otros. Y la alusión continua a la antigua poesía sajona, unos versos épicos y alucinantes, que nos hacen recordar el antaño feliz descubrimiento de sus "Literaturas germánicas medievales" - y sus referencias a las metáforas épicas de las mismas, que reaparecen una y otra vez en las conferencias, tan nítidas como su obra. ( Esta fascinación por la palabra exacta, y alucinante, era el tema, lo recordamos luego, del relato "El espejo y la máscara", con el desasosegante encuentro de un Rey y el Poeta tras la batalla de Clontarf ).


 

En un café de Milan leer de nuevo, con una cierta sonrisa, la admiración, que nunca entendimos muy bien, del escritor argentino por su maestro en el Madrid de principios de siglo, el sevillano Rafael Cansinos Assens. Si alguna vez había citado ésta, en las conferencias americanas aparece reproducida y signada,  junto a la consideración que la obra del escritor y traductor le merecía. No sabemos qué pensarían en la Universidad de Columbia. En las calles milanesas hay algo de irónico en el recuerdo de pronto de un Cansinos, a quien en algún momento todos leímos, y quien, tras las batallas ultraístas - y las de la guerra civil, más tarde - se refugiaría, póstumo en vida, en su domicilio de la calle Menéndez Pelayo .  Y en sus evocaciones del Viaducto madrileño, nocturno y con algo de  póstumo también.

En la trattoria milanesa aparecen también, entre otros, sobre las baldas del comedor una Ricerca della lingua perfetta de Umberto Eco, junto al Una Biblioteca della Letteratura Universale  de Herman Hesse editada por Adelphi , títulos que inmediatamente pasan a formar parte de la colecta de la cena. Y del catálogo, impagable asimismo, de los libros que aguardan a ser leídos, sin fecha.




Referir los libros a los lugares... En un café del Boulevard Saint Germain, una tarde luminosa, iniciamos la lectura, que luego ha proseguido en otra terraza madrileña, del ensayo de Umberto Eco Arte y belleza en la estética medieval. En París esos días había redescubierto un a modo de paisaje universitario, por referirlo de alguna manera, en la que diversos personajes de semblante serio se sentaban en las mesas de los bulevares con un volumen ignoto del que por principio no alzaban la vista.  Yo para no ser menos esa tarde me había situado también con una edición de la poesía de Yeats en una traducción detestable, que abandoné al primer intento.

 El ensayo de Eco, recordamos, se inicia de una manera polémica y sugestiva enfrentándose a los tópicos más usuales de la historiografía al uso. Esto es, a la supuesta ausencia de una percepción de lo sensible en la época. Junto a la también supuesta configuración del discurso medieval como mera recreación de la Patrística, la exégesis bíblica o el comentario a los restos que del pensamiento clásico se habían conservado en la erudición de aquellos siglos, supuestamente oscuros.

No es mal comienzo para un libro, la sosegada y un punto irónica defensa del pensamiento medieval frente al tópico de su reiteración, monótona y siempre ligada a la Auctoritas... Tampoco lo es el formato del libro, antes un compendio de carácter histórico que un supuesto ensayo original y, siempre, un punto escandaloso... La prosa del texto, como de discurso ya reflexionado y sabido unos cien años antes, se presta a ello. También la fascinación de los temas, o su presencia inactual. Como aquel capítulo que refiere la cuestión de la belleza a su carácter metafísico. Y no a la casi absoluta relación con el arte - lugar casi exclusivo de la estética moderna que, de pronto, aparece ligado a la apariencia, a una sospechosa trivialidad de su relación con el artefacto - la representación en un escenario, banalizada de repente.

O la ya repetida discusión, que se reitera en otro lugar del libro, sobre el concepto de símbolo o alegoría. Leída ya ésta última en una chimenea con ventanas sobre el campo - lugar apropiado sin duda para recordar el antiguo universo de la significación delirante: aquél en que signos, acontecimientos, discurso y objetos al fin, siempre remiten a una otra cosa. A una alegoría universal, al cabo.




Libros, lugares... No estamos leyendo nada, repetimos luego. En la Cuesta de Moyano encuentro la segunda edición, ampliada, del clásico de José Carlos Mainer, el Falange y Literatura que adquiero a un precio razonable. De entre el ensayo, tan sugestivo, sobre la supuesta constitución de un discurso del fascismo en aquellos años - bastante discutible y cargado de unos matices que sólo el conocimiento de unas ciudades como la Pamplona aún carlista o la Salamanca clerical de la época pueden explicar - la referencia siempre atractiva a unos escritores, alguno excelente en el instante, a los que el tiempo y la Fama postergaron. Y que a alguno condenó para siempre al olvido, fuera del juego siempre curioso de la pura erudición. Literaria y de las otras.

Las descripciones de Bilbao de un Sánchez Mazas, las de la Pamplona en armas de García Serrano; el Madrid aristocrático del conde de Foxá... Dejo el libro para seguir leyéndolo en Madrid. Siempre hay algo sugestivo en poder comentar con los que aún lo recuerdan cuál era el local del bar Or-Kom-Pom, en el que se escribiera en una tarde el himno de la Falange. Dónde el Hotel Florida. O cuál era la tertulia de la Ballena Alegre - en cuyos últimos episodios editoriales leímos no pocos de nuestros primeros libros infantiles.

Quede el ensayo literario y falangista en la ciudad, cuyos lugares, ay, han desaparecido también, junto a los protagonistas de la obra.


 

En una librería en la plaza de San Boal en Salamanca encuentro más tarde una rara edición de textos varios de Walter Benjamin , "Estética de la imagen" , de editorial que ignoro, algunos muy conocidos junto con otros más raros, y otros francamente insólitos.

De la relectura de alguno de ellos, bastante tiempo después, una vaga sensación de irritación que al principio no acierto a desentrañar y al cabo quiero definir como la sorpresa de la contradicción. Pues en varios de los artículos que estoy leyendo, alguno inédito para mí, algún otro citado en la crítica de arte de una época hasta la saciedad, me encuentro con una constante perplejidad que se refiere, en todas las líneas y en los párrafos arbitrarios, a la presencia de un estilo que no sé calificar sino de permanentemente contradictorio. Y a la presencia - o la ausencia - de una exposición cuyo desenlace, si es que existe en alguna parte, manifiesta la misma fragmentariedad, la contradicción del principio... En algún lugar de la obra del alemán queda el destello del acierto de un discurso que recogía los lugares de la fotografía, la ruina, la aquitectura comercial o  la serialidad de los objetos del arte como varios de los pasajes que iban a ser fundamentales para el arte contemporáneo.


 

Entre viaje y viaje y los distintos escenarios, los libros a los que se vuelve siempre: algún Mircea Eliade, un manual de Pierre Grimal, el Judíos errantes de Joseph Roth... No hay lugar para una novela en ello, advierto después. ( No hay lugar para nada, repito en la tertulia, una mañana, y todos los libros están esperando, siempre, a que los días se alarguen ). En una librería madrileña de la calle Alcalá había adquirido un fin de semana antes el relato del poeta británico Philip Larkin Una chica en invierno , atraído entre otras cosas por la atractiva edición de Impedimenta donde se había publicado y la traducción de Marcelo Cohen. Y en cierta manera también por la vaga obligación moral de leer alguna novela nueva y dejar en paz de una vez las mismas estanterías de casa.

Pero la novela, que se inicia con una deslumbrante descripción de la nieve en las ciudades, pronto se sumerge en el relato de la soledad y la reiteración de la trivialidad en la vida de la protagonista - y de los personajes del Londres de la época - y soy incapaz de seguir interesándome por ella, y tanta espera, insatisfecha siempre, acaba con las ganas de proseguir con el relato - porque además hay un nuevo viaje entre medias - y ésta pasa entonces a otra nueva categoría en la biblioteca - junto al estante de los libros que, pacientes, aguardan que alguien los abra de una vez - que es la de los volúmenes que fueron abandonados en alguna ocasión y, para qué vamos a engañarnos, lo más probable es que su soledad sea, ésta sí, definitiva.


Encuentros sorprendentes luego, en las ferias de ocasión. La edición de editorial Adonais del Naufragio del Deutschland de Gerard Manley Hopkins, el poeta católico, magnífica. O la excelente biografía de San Juan de la Cruz del también inglés Gerald Brenan en la misma caseta, de la que no guardo ninguna seña y me olvido luego. Algún otro hallazgo, menor y en precio, en los puestos de al lado del paseo de Recoletos...


En alguna ocasión la sorpresa del encuentro surge de donde menos la esperas. Y esta vez es en un estante de la propia biblioteca de casa donde, esquinado y detrás de unas fotografías, me topo con un volumen de los relatos tempranos de Rudyard Kipling, los Cuentos de las colinas, primer libro de cuentos del escritor británico y del que ni siquiera sabía que estuviera ahí - quizás haya llegado mientras yo estaba de viaje, pienso, inmerso de repente en la sabiduría para la sorpresa del escritor.

En ellos, de nuevo, la certeza de lo exótico que es lo cercano, la distancia y el hastío, el misterio y la banalidad. Y la descripción de la época y los relatos de lo permanente. Y la ironía y el heroísmo, la cobardía y la generosidad... Secreta, como alguno de sus personajes.

Entre tanto viaje, tantos autores nuevos que , dicen, deberíamos leer, y tanta novedad , francamente, nunca he encontrado las razones para cambiar de costumbre. Ni de bar. Cuando llegue el buen tiempo, esta vez sí, volveremos a leer algo.






miércoles, 28 de octubre de 2015

Del castigo a los vendedores de incienso






" Aunque el poder de hacer visibles las formas de los muertos se atribuye sólo a un tipo de incienso, la quema de cualquier clase de incienso, se supone, evoca multitud de invisibles espíritus. Acuden a devorar el humo. Se llaman Jiki-kô-ki o "duendes comedores de humo" ; y pertenecen a la decimocuarta de las treinta y seis categorías de Gaki (prètas) reconocidas por el budismo japonés. Son los fantasmas de hombres que antiguamente, por afán de ganancia, hicieron o vendieron incienso malo ; y a consecuencia del karma aciago de esa acción, ahora se encuentran a sí mismos en el estado de espíritus que padecen hambre, y compelidos a buscar su único alimento en el humo del incienso "



                                     -    Lafcadio Hearn          En el Japón espectral          1899

viernes, 25 de septiembre de 2015

Paisaje con nombres . II



 


La carretera de la Moraña nos indica la noble villa de Cantalapiedra. El nombre evoca animosas pedreas pastoriles. Y la tradicional costumbre de recibir a cantazos a los primeros coches que por la comarca se acercaban, allá por los años de la República.

En algún lugar se relata por ejemplo  el recibimiento que acostumbraba a sufrir en la zona  el conde de Peñacastillo, propagandista de la CEDA en las elecciones del 34, el cual se trasladaba en un célebre Hispano Suiza amarillo a los pueblos de la comarca. José María Gil Robles en sus memorias narra algún recibimiento similar en las del 36, en donde alguna vez tuvieron que ser rescatados del balcón del Ayuntamiento por los guardias de asalto.

No vamos a Cantalapiedra.



En el paisaje surge de pronto alguna encina, aislada, y ,compañeras de aquéllas, las primeras reses que vemos en muchas leguas. Nos acercamos a Salamanca, sin duda, y alguna referencia a las prácticas vetonas deben restar aquí frente a las preferencias de los vacceos, pueblo agrícola de la llanura cuyas tierras ancestrales poco a poco estamos abandonando.

Un indicador en la carretera señala la vecina localidad de Palacios Rubios. Quién lo iba a decir, el nombre denomina uno de los primeros, y más célebres, asentamientos de ganaderías de lidia en la provincia, allá por el siglo XVIII. En concreto la de Vicente Bello. De aquí, de la vecina vacada de los Hermanos Rodríguez San Juan , pertenecía el toro Barbudo, el que matara al diestro Pepe Hillo en el antiguo coso de la Puerta de Alcalá.

Nada indica ya que estos desmontes sin un árbol, estos cauces sin agua y estos regadíos abandonados fueran otrora la cuna de ganaderías bravas - y de cotizados bueyes de labor. Pero el mapa histórico de la ganadería española nombra lugares como el valle de Alcudia en la Mancha, las Bárdenas Reales en Navarra, o la comarca aragonesa de las Cinco Villas en las que antaño se asentaban numerosas fincas de toros bravos en un paisaje en el que hogaño nada hace suponer tal cosa.

 
 


Yo recordaba unas jornadas entusiastas en la no menos entusiasta villa de Montemayor de Pililla - nombre del que el genitivo quizá desmerecía un tanto del formidable núcleo del sintagma - lugar próximo a Valladolid y terreno de campos despoblados, en el que los lugareños amén de agasajarnos con un cordero excelente - tampoco se veían ya rebaños a la vista - tuvieron a bien explicarnos que  aquella tierra de regadíos abandonados, paredes de adobe y pinares seculares, había sido en otro tempo sede de una notable actividad ganadera. Y cuyos toros, según aseguraban, eran solicitados con notable fervor "para Valladolid y aún más lejos". Cómo íbamos a negarlo, si el lechazo era tierno y el vino de cosechero espeso. Y aún la tertulia que en medio de tan notable ceremonia un agasajante local hubo de amenizarnos con la escrupulosa descripción de los ritos de enterramiento de la zona, oponiendo los rituales de inhumación propios de los vacceos a otras prácticas crematorias características de los pueblos celtiberos.

Viajar por Castilla tenía estas cosas. Que en cualquier lugar te podías tropezar con un especialista en ritos de inhumación prerromanos.

Bajamos hacia el río Tormes. Queremos acercarnos a Peñaranda de Bracamonte. Le he asegurado a A. que tras la travesía del desierto del Sinaí, ésta es Canaán, la Tierra Prometida. Con un nombre así quién puede dudarlo.

Cercana, y ya en plena comarca de la Armuña - sinónimo de feracidad para los que están en ello - encontramos el indicador de Arabayona de Mógica, ya en dirección a la capital, a Salamanca.

No hay mucha gente en Europa - no digamos ya en Oceanía, por ejemplo - que conozca a algún natural de Arabayona de Mógica. Yo puedo presumir de ello. Y es que recuerdo a Arsenio, mozo lento y enamoradizo, el cual reveló en el curso de un monólogo allá por la Plaza Mayor de Salamanca ser hijo de la localidad.

El resto de la tarde transcurrió en una profusa descripción de las cualidades y virtudes de las patatas de Arabayona, pueblo que las produce en abundancia y de cuya calidad, al cabo de la tarde, no me cabía ya ninguna duda.

En alguna ocasión, y especialmente contemplando el cuadro de Van Gogh sobre " los comedores de patatas" conservado en el Museo de Ámsterdam,  me había asaltado la duda de qué diablos comería la población europea antes de la traída del notable tubérculo. Ahora me asaltaba otra. Y es la de de qué demonios hablarían los nativos de Arabayona - los últimos mojicanos - anteriormente al descubrimiento de América...

En un recodo de la carretera , en dirección al valle del Tormes, surge una nave industrial, cerrada. El rótulo en grandes letras señala : "Silo. Secadero de patatas ". Abandonamos el camino inmediatamente.





Peñaranda en el horizonte. Atrás dejamos Fuente el Sol, localidad entrañable por la memoria de un notable amigo nuestro, letrado y rentista,  en cuyo recuerdo hubimos de efectuar un viaje líquido en otra temporada.

No quiero hablar de ello. Ni de la magnífica iglesia y las tablas secretas, y la fuente, y la lápida laudatoria que descubrimos, entre la bruma, aquella tarde.

Camino del río Jordán y la Tierra Prometida los pueblos se confunden: Aldeaseca de la Frontera, Rágama, Paradinas de san Juan... Todos son villas agrícolas, todos poseen tapias de adobe y ladrillo ocre; todos conservan una iglesia con un ábside mudéjar.



En uno de ellos, pero no recuerdo cuál, la carretera bordea una espléndida tapia conventual, que cerca el atrio de la iglesia. Las casas, la plaza al otro lado, evocan la noción del hortus conclusus y su cercana relación con el Paraíso.

Estos muros conventuales, estos espacios dilatados y en silencio... Alguien comentó alguna vez, o lo leímos en algún sitio, que una de las mayores transformaciones del paisaje - de la destrucción, debió decir - de las ciudades castellanas había sido la desaparición de las tapias de la clausura, de los conventos en las mismas. Era cierto y ahora evoco un destartalado recorrido comercial, el de la Ronda de Carmelitas de la ciudad de Salamanca, que alguien me contó estaba cubierto en otro tiempo por la vasta tapia del convento del Carmelo, y fue demolida posteriormente para construir el pecaminoso barrio moderno actual. Nunca he podido resistir la tentación de imaginarme aquélla.

En la comarca estival nada impide viajar por sus señales, ni atesorar sus nombres.

En un conocido poema de los últimos años de Luís Cernuda éste evocaba el nombre de Málibu, en donde nunca había estado .

(...)
Málibu.
Una palabra,
y en ella, Magia.


A. me cuenta que está peleándose con la traducción del poema de E. A. Poe, el The Coliseum, el conocido homenaje a la ciudad de Roma. Poe que nunca había visitado la ciudad, y nunca la conocería, escribe un encendido canto a la misma, prolijo y entusiasta, alcanzado por el único, y de alguna forma el más exacto, acercamiento a aquélla que el poeta poseía: el de su nombre.


              
                                                         ( fot. Fundación Joaquín Díaz )



Cruzamos la vía del tren y por fin alcanzamos Peñaranda.

En la plaza no hay nadie. En el centro de ésta el templete de la música, que evoca mañanas de domingo provincianas y con melodías de zarzuela que los notables tararean, al salir de misa. En uno de los soportales una tienda de ropa, también cerrada, con unas prendas con aire de boda de arrabal y testigos de honor de una novia que apenas ha adelgazado para la ceremonia. Una corbata en concreto, entre fucsia y color ave del paraíso señala el tipo de aderezo que ya sólo podremos encontrar en los soportales de Peñaranda, en estos comercios antes de que los cierren, definitivamente.

El restaurante Las Cabañas, templo de la ciudad después de la desafortunada restauración de la iglesia parroquial, está cerrado. Se han ido todos a la corrida de rejones a Salamanca, parece.  Sólo está abierta la barra y el bar que da a la calle, en donde una parsimoniosa mesa de vecinos un punto socarrones juega al mus.

En este lugar, le cuento a A., yo había estado hacía poco con una amiga que se declaró vegetariana - después de ver la carta, abundante en tostón, cordero, morcillas y croquetas de farinato, como un manifiesto mordaz sobre la nouvelle cuisine.  El dueño en su lugar le trajo entonces otra carta en donde figuraban platos como el bacalao rebozado, unas truchas asalmonadas, tencas de río o unos prometedores chipirones en su tinta. Mi amiga se quedó un tanto perpleja. Entonces yo le tuve que explicar.

- Es todo un detalle. En esta región lo más cerca que llegan a concebir qué pueda ser un vegetariano es que es alguien que come de vigilia.

No recuerdo cómo acabó la cosa. En la barra esta vez nos sacan unos pinchos del día anterior, que se pueden comer.

Al cabo entra un lugareño, mayor y gruñón, que le propone no sé qué a la camarera. Ésta le replica.

- Mira, Anselmo . Yo estoy para otros menesteres.

El castellano no se ha perdido del todo, intuyo. Desde la mesa de mus le apelan:

- Anselmo. Que no hay pájaros hogaño donde hubo nidos antaño.

En ese punto decido quedarme a vivir en Peñaranda. El restaurante se abrirá alguna vez  y mientras tanto podemos pedirle matrimonio a la camarera, que se llama Visitación por más señas.

En un pasaje de La Habana para un infante difunto Guillermo Cabrera Infante se dedica a proponerle matrimonio a todas las mujeres que entran en la cafetería de la calle Prado, sean como sean, conocidas o no.

Si él lo hace, no veo por qué los demás no podemos seguir su ejemplo.

Además él tampoco tuvo ningún éxito.